Tenía catorce años. Llevaba un vestido rojo y su larga melena rubia ocultaba parte de su cuerpo.
Cada mañana se despertaba sintiéndose mal y eso le reconfortaba. Corría al colegio y allí estaba él. Él, una persona que desconocía su nombre e ignoraba su presencia, pero la única persona que podía y quería tener. No tenía amigas, se sentaba bajo un árbol mientras los demás almorzaban en las escaleras de la puerta principal o en la zona trasera, donde los fumadores se reunían.
Un día se acercó a aquella zona e inmersa en humo pidió un cigarro. Una chica se lo dio y a continuación le ofreció fuego. El humo recorría su interior, saboreaba y observaba cómo, lentamente, éste se desvanecía junto con el aire.
Ella quería ser humo, desvanecerse con el viento. Poco a poco, comenzó a fumar con aquellas personas y el roce hizo que una noche salieran juntos.
La misma chica que le había obsequiado con el cigarrillo, aquella que comenzó su destrucción interior;fue más lejos. Un polvo blanco se alineaba sobre la mesa en la que se encontraban varias botellas de alcohol.
Ella quería ser como ese polvo, provocar sus sensaciones, que todos la desearan y poder volar del mismo modo que lo haría si alguien decidiese soplarlo.
Ansiaba tener esa sensación de flotar cada día. A medida que pasaba el tiempo, prácticamente, así fue. Podría flotar. El malestar de cada mañana era aún mayor, sus huesos asomaban.
Sus nuevas alas fueron acercándole a él. Un día en el colegio la miró; otro día le pidió fuego y al siguiente le preguntó por su nombre. “Celia”, contestó ella, con una voz dulce pero con un amargo olor de no haber comido en días.
La relación se estrecho; a medida que coincidían en el colegio y de fiesta en fiesta .Ella perdió su virginidad flotando en los baños de una discoteca con el amor de su vida. Lo había conseguido. Le había conseguido.
Había sido deseada; había volado, flotado. Nada podía estropear aquello. Esa misma noche tomó una decisión. Ya no podía estrechar más su silueta, su cabeza iba a estallar dando vueltas a la idea de dejar ese momento atrás. Aquello no podía suceder. Por lo que al llegar a casa se quitó el vestido, retocó su maquillaje e hizo una última foto de aquel instante de felicidad.
Solo debía dar un paso más para conservar por siempre esa sensación. Con sus zapatos de tacón y ya sin ropa; lo dio. Tuvo el valor y la satisfacción de marcar su muñeca izquierda. Hizo un corte tan profundo que su mente volvió a volar, esta vez sí. Como el humo y el polvo blanco su feliz alma abandonó aquél terrible cuerpo.
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