La palabra al otro lado del disco de Odin

viernes, 15 de abril de 2011

228 despertares

Retomó su camino. Le había costado levantarse tras recoger aquél objeto del suelo, pero no pudo evitarlo.

Entre algunos hierbajos y hojas secas del parque encontró algo a lo que no pudo resistirse. Lo vio brillar y, a duras penas, lo rescató de romperse, podrirse o ser encontrado por cualquiera que no fuese él.

Sus ancianos dedos recorrían la superficie de madera, se deslizaban por los suaves pero artesanales y precisos relieves. Parecía antigua, pero los colores aún mantenían su viveza. Los rojos, verdes, azules, amarillos y el remate, de lo que parecía oro en la cerradura, maravillaban su desgastada visión.

Mientras caminaba notaba los ojos de los paseantes observándole, pero ¿ a él o a su nuevo hallazgo?

La angustia de perderlo le asustaba, por lo que lo introdujo bajo su largo abrigo negro. Al no caber en el bolsillo interior, su mano izquierda oculta bajo el abrigo lo sujetaba; mientras que con la otra mano empuñaba el bastón que realmente no le ayudaba a andar.


Únicamente quedaba una manzana para llegar a su pequeño apartamento y poder seguir investigando el objeto. Un estrecho camino bordeado por inmensos parques y alguna casa de lujo. Su apartamento no pertenecía a aquella dimensión por la que solía dar cortos paseos cada tarde.

Las personas seguían observándole; su espíritu se inquietó; y sus pasos, cada vez más torpes parecían al mismo tiempo avanzar a una velocidad que había perdido hace ya 20 años. Tropezaba con sus largos y rotos pantalones de lana y sus zapatillas parecían salirse.

Sin perder un segundo al llegar al portal, apoyó el bastón en el pomo, sacó las llaves, el bastón se cayó al suelo, hizo un gran esfuerzo por recogerlo y, al fin, giró la cerradura. Abrió la puerta de su casa. Una vez allí, se sentó en su antiguo sillón de cuero marrón aún con la mano encubierta por su vestimenta. Decidió sacarlo.

Ahora era aún más bella. La abrió y una dulce canción invadió la pequeña estancia. Había poca luz y ninguno de sus muebles antiguos y creados con sus propias manos muchos años atrás, era comparable al valor de esa canción.

También conservaba la joyas de su difunta mujer y algunos cuadros que había servido como regalos o para saldar las cuentas durante su estancia en Francia a finales del siglo XIX. Estos también eran extraños, él no los comprendía, únicamente los conservaba por la luz y sutileza con la que habían sido diseñados. Al pie del cuadro había nombres como Van Gogh o Monet; pero el motivo por mantener dichos cuadros en su pared era la impresión que a veces nacía de su interior al contemplarlos.

Sostenía la caja entre sus manos, sentado en su sillón y rodeado de aquellos cuadros sin valor alguno. Tenía los ojos brillantes; una luz más propia de un niño, durante su primera visita al circo, que la que puede asomar en las pupilas de un anciano. Depositó esa hermosa sintonía sobre la mesilla de cristal.

Al llegar la noche, el anciano colocó el viejo bastón junto a la cama y se desvistió. Retiró la colcha y se tumbó entre las sabanas. Apagó la luz y escucho su nuevo hábito. Todas las noches y todas las mañanas abría su pequeña y colorida caja musical. Su costumbre le ayudaban a levantarse y conciliar el sueño.

Durante 228 despertares destapó su caja y durante 227 noches repitió su ritual.

Al fallecer su hijo vació su casa. La relación con su padre se había desgastado poco a poco desde que su madre dejó este mundo. Los sentimientos del uno por el otro fueron lijados finamente hasta hacerlo desaparecer; no se entendían, no compartían ningún gusto, no se conocían. Su único lazo de unión había muerto hacía quince años por culpa del cáncer.

Las vidas de ambos cambiaron; el padre, pobre, en su pequeño apartamento y el hijo en una de las mansiones cuyas entradas solía recorrer el anciano cada tarde.

Una tarde el hijo decidió hacerse cargo de la casa ya vacía. Vendió cuadros, donó algunas ropas, ordenó las fotografías y recuerdos de la infancia, conservó las joyas de su madre y tiró todo lo inservible.

¿Cómo conozco tan bien esta historia? Investigando descubrí que la caja había terminado en el contenedor del parque junto al pequeño apartamento. Fui a buscarla, pero ya no estaba ; un vagabundo la sacó con la intención de empeñarla aprovechando el remate de oro, el mecanismo dorado y la figura principal de cristal que bailaba al ritmo de la música.

Poco dinero le dieron, pero lo aceptó. La casa de empeño me informó de su siguiente destino. Una mujer quiso regalárselo a su hijo por su cumpleaños; esta al ver su deseo de un coche por su aniversario cumplido, se deshizo de la pequeña caja musical.

Desde entonces no dejo de buscar la papelera, casa de empeño o árbol bajo el cual haya sido tirada la caja musical de la cual mi hermano muy rápido se deshizo y mi padre tanto adoró.


1 comentario:

  1. Interesante tu texto... muy bien hilado, entretenido hasta el final...
    Me ha gustado
    Saludos ;)

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