Tumbada bajo el sol. Los minutos se convirtieron en horas de retraso. El sol le abandonó y la luna iluminó su camino a casa. Se quitó las gafas de sol que llevaba. La música con la que imaginaba su primer encuentro ya no sonaba.
No apareció. El vestido nuevo adquirió una percha permanente en el armario y su maquillaje invadía su rostro al ser quitado. Aunque parte de esas manchas negras era debido a las lagrimas.
La mañana siguiente decidió no madrugar, pero un mensaje le despertó. “Lo siento”; y nada más. No sabía qué responder, encontraba absurda una conversación a través de esa nueva tecnología; conversaciones tan profundas y aparentemente sinceras que parecía que él estaba sentado a su lado. Pero la realidad mostró que tras la apariencia de una pantalla, la gente no es lo que parece. No se atrevió a presentarse.
Esa misma tarde, como todas desde hacia 7 meses, la ventana de su ordenador se abrió.
“Lo siento” repetía. Seguía sin saber qué responder. Por lo que ella misma le preguntó ¿qué quieres que responda? La ventana de la conversación permaneció palpitante durante medio cigarrillo. Así midió el tiempo ella.
Le explicó que estuvo esperando 19 cigarrillos, cuando se acabaron; el tiempo y su paciencia desaparecieron también.
Intentó arreglarlo;no tenía tiempo y su móvil se había quedado sin batería. Eso fue todo.
Semanas después volvieron a quedar. Esta vez fue ella quien no se presentó. El vestido no merecía ser descolgado. Pero esta vez fue él quien tuvo que reponer su caja de cigarrillos, mientras el banco en el que estaba sentado se veía envuelto en un lago de colillas. Esta vez fue ella quien no tuvo tiempo ni ganas. No podía estar con una persona que no valorará el tiempo. El más breve instante de vida resulta una estrella fugaz que no volverá. No debes dejar pasar la estrella, la oportunidad no se repetirá y nunca sabrás cuánto brillo tuvo.
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